LA ETAPA
IBÉRICA EN EL PASADO
DE LA MUNDIALIZACIÓN / GLOBALIZACIÓN
(1492 –
1825)
por
Joaquín Bosque Maurel
In memoriam: Milton Santos (1926-2001)
“Nosso
mundo é complexo e confuso ao mesmo tempo, graças à força com a qual a ieologia
penetra objetos e açôes. Por isso msmo, a era da globalizaçâo, mais do que
qualquer outra antes dela, é exigente de uma interpretaçâo sistémica cuidadosa,
de modo a permitir que cada coisa, natural ou artificial, seja redefinida em
relaçâo com o todo planetário”.
Milton Santos, 2000, 171.
Desde la
aparición del Hombre sobre la Tierra cada uno de sus diferentes colectivos,
conforme a las posibilidades técnicas y sociales de cada época, ha tendido a su
expansión territorial y a una cierta homogeneidad espacial, cultural y social
que, tras una etapa de “mundialización” provocada por los grandes
descubrimientos geográficos de los siglos XV al XVIII, está culminando hoy en un momento
“globalizador”. A lo largo del Novecientos la Humanidad y la Tierra están
siendo afectadas por una generalizada “homogeneización” espacial, social y
económica que había estado siempre presente, aunque no en esa medida y sólo
regionalmente, a lo largo del tiempo histórico. Este fue el caso, entre otros,
de la España de los siglos XVI al XVIII en cuyos dominios “no se ponía el sol”
(J. Bosque Maurel, 1998).
INTRODUCCIÓN
Finisterre europeo y mediterráneo, "Non Plus
Ultra" del Mundo Antiguo, base de lanzamiento hacia el Atlántico, gran
encrucijada intercontinental entre Europa y Africa pero también entre éstas y
Asia, peninsularidad y aislamiento, continente en miniatura, diversidad
geográfica, son algunos de los caracteres que han personificado a España en la
Europa a la que ha pertenecido siempre de hecho y pertenece hoy de derecho por
su ingreso en la Unión Europea en 1985, concediéndole cierta personalidad,
alguna singularidad.
Originalidad enfrentada a un mundo en creciente
uniformización globalizadora y en el que la vieja Hispania, la actual España
está cada vez más integrada humanamente, incluso con pérdida de algunos de sus
rasgos más distintivos. Una
singularidad que hunde sus raíces en un pasado profundo, largo y
complejo en el tiempo, hecho de encuentros, a menudo choques, de realidades
físicas diversas y, sobre todo, de gentes muy distintas y presencias y acciones
viejas y actuales en todos los rumbos y en muchos rincones de la Tierra.
Un pasado profundo y complejo en el que, en el Mundo
Antiguo, la Península sufrió el embate uniformador de una de las primeras
etapas de la “globalización”siempre presente en la Historia del Mundo, la del
Imperio Romano que, a lo largo de casi setecientos años – 218 años antes de
Cristo, fecha del desembarco de las legiones romanas en la Península y 476
después de Jesucristo, momento de abolición del Imperio -, no sólo dominó y
romanizó, aculturizando, la llamada Iberia por los geógrafos griegos (A. García
Bellido, 1944) sino que convirtió todo el territorio bañado por el Mediterráneo
en un espacio uniforme política y culturalmente que justificó su apelativo de Mare
Nostrum, y dejó profundas huellas simbólicas y materiales en el espacio
europeo llegadas hasta hoy. Una presencia limitada al Viejo Mundo y al
Mediterráneo y que, siglos más tarde, a través de la Península Ibérica,
traspasó los océanos y se hizo casi mundial, “global” (Milton Santos, 1996).
Mucho de todo ello ha sido fruto de su situación en Europa,
en el Viejo Continente y, no menos, en el conjunto de la Tierra. Una situación
base de unas determinadas condiciones geopolíticas y en las que es fundamental
la capacidad de acción y reacción de las diferentes gentes que llegadas al
solar hispano en diferentes momentos y de distintos rumbos se lo apropiaron,
haciendo de él un uso ligado a cada momento histórico y a la sociedad entonces
dominante (J. Vicens Vives, 1940).
LA
PENINSULA IBÉRICA Y ESPAÑA ANTE EL MUNDO
La Península Ibérica y, como una de sus partes, España son
uno de los extremos de Europa y, por tanto, de Eurasia. Pero también forman
parte del espacio mediterráneo, uno de los territorios más significativos y
trascendentes en la historia de la Humanidad, un espacio respaldado por el
Atlántico, su gran ventana hacia el mundo. La consiguiente renta de situación
le permite gozar, como se lo permitió en el pasado, de ciertos privilegios y
pechar con algunos riesgos, unos y otros matizados por su fisonomía y su tamaño
(J. Bosque Maurel, 1994).
España es una porción de la Península Ibérica, la más
occidental y la más importante en superficie del complejo peninsular e insular
que constituye el mediodía europeo y se proyecta dentro del Mar Mediterráneo
hacia el continente africano. Es, así, parte de Europa, y sobre todo de su
diverso territorio meridional y, por consiguiente, del mundo mediterráneo, antiquísimo
solar de la historia de la Humanidad, un original "conjunto regional
formado por un círculo de montañas que rodea un mar interior penetrado por sus
penínsulas y sus islas, donde Europa, Asía y Africa, en estricto contacto,
mezclan y combinan sus influencias desde hace milenios" (H. Isnard, 1973,
6).
En ese conjunto territorial, la Península Ibérica, asiento
de España, es la más occidental de las tres que Europa proyecta en el
Mediterráneo, del que es extremo y límite Oeste, y también la más cercana a las
costas septentrionales africanas. Sólo 14 kilómetros separan la Punta Marroquí,
en Tarifa, el promontorio europeo más meridional, del Cabo Cires, uno de los
accidentes costeros más nórdicos de Africa.
Su posición occidental lo es, también, respecto de Europa.
El meridiano 0º que pasa cerca de Valencia, al Este de la Península, recorre en
cambio el Sudoeste de Francia, cerca de Burdeos, después de haber atravesado
Londres. El cabo Finisterre, un apelativo bien significativo, el lugar más al
Oeste de la Península, casi coincide con el meridiano de Valentia (Irlanda), el
lugar más oceánico y próximo a América, salvo Islandia, de toda Europa.
Así, la Península Ibérica y, por tanto España, es en
Europa, según una frase de Paul Claudel, el "cabo o extremo de Asia",
su vértice sudoeste, su avanzadilla en el Atlántico. Y, en consecuencia,
España - y la Península en la que se integra - es, a la vez, una porción del
Mediterráneo y parte del Atlántico europeo, así como el extremo de Europa más
próximo a Africa. En definitiva, una encrucijada mundial (Fig. 1) de caminos
marítimos entre el Mediterráneo y el Atlántico, que controla el estrecho de
Gibraltar, y un gran puente natural, las columnas de Hércules de los
clásicos, entre Europa (Gibraltar-Algeciras) y Africa (Tánger-Ceuta).
Sin embargo, esta encrucijada de caminos, esencial en el
pasado y en el futuro de España, padece, por su misma situación en el extremo
sudoccidental del continente europeo, una posición un tanto excéntrica. Al
menos desde comienzos del siglo XVII y, sobre todo, del XIX, en que los grandes
flujos marítimos, antes circunscritos al Mediterráneo y al Atlántico central,
se fueron desplazando al Norte atlántico estableciéndose primordialmente entre
el Mar del Norte y la fachada atlántica norteamericana y convirtiendo a las
ciudades de Amsterdam/Rotterdam y Nueva York, a un lado y otro del Atlántico,
en grandes puertos mundiales. Un lugar que, en Europa, ocuparon durante los siglos XVI al XVIII,
las andaluzas Cádiz y Sevilla (F. Morales Padrón, 1992).
Y aún mayor es su excentricidad actual si se consideran los
grandes centros socioeconómicos de Centroeuropa y, más concretamente, la gran
avenida urbana que, a lo largo del Rin, enlaza el Atlántico Norte - y en
consecuencia los Estados Unidos de Norteamérica - con el valle del Po y, a su
través, con el Mediterráneo central y, por el canal de Suez, con el Extremo
Oriente.
Así, su situación relativa convierte hoy a España, a la
Península Ibérica, en un ámbito periférico y hasta marginal respecto al espacio
central y dominante de la Europa centro-occidental y, más aún, del core,
el corazón, del sistema-mundo diseñado por Immanuel Wallerstein y del nuevo
orden internacional nacido tras la crisis de los países socialistas (P.J.
Taylor, 1983.
Por ello,
parte indudable físicamente hablando de Europa e integrada con nitidez en el
singular mundo mediterráneo, la Península Ibérica presenta en el "cabo de
Asia" ofrece algunas peculiaridades, sobre todo, en relación con sus
homólogas las penínsulas itálica y balcánica. Iberia es la tierra mejor
delimitada y la que tiene una más acusada insularidad en Europa. De aquí, su
relativo aislamiento y su problemática accesibilidad tanto interior como
exterior. Una realidad que no excluye su tradicional función de intercambiador
entre Europa y Africa y, quizás, más aún entre el Mediterráneo y el Atlántico.
En fin, si cabe resaltar su importante papel en el
Mediterráneo, donde se encuentra su origen político-administrativo, más
concretamente en Roma, y su consiguiente capacidad globalizadora, no menos
significativo fue – y todavía es - su singular y trascendental relación con el
Atlántico, sobre todo en algún momento de su historia, y con el "más
allá", con el Nuevo Mundo y su "descubrimiento" - y/o
"encuentro" - y su evolución, pasada y presente. Origen y causa de
otra etapa, más reciente, en la “globalización”, parcial y continental, de la
Humanidad, la de la América ibérica e Iberia.
LA
PENINSULA IBÉRICA Y EL ATLANTICO
Finis Terrae y Non Plus Ultra durante varios milenios, la Península Ibérica
pasó a ser a finales del siglo XV la puerta a la primera y gran aventura
mundial, globalizadora, de la Tierra. Entonces, desde un punto de vista
geográfico, se hizo posible, en pocos años, “la fijación de la identidad real
de nuestro planeta: el mundo se completó, acabó de entenderse en su completa
integridad" (C. Seco, 1992, 44). Todo ello desde Iberia, ya Plus Ultra,
y con un claro protagonismo de sus gentes.
Ventajas
y desventajas de la situación atlántica
En la Antigüedad, y durante varias centurias, a lo largo de
la Edad Media, Iberia-Hesperia-Hispania fue el Non Plus Ultra. Más allá
se encontraba el vacío, el Mare Tenebrosum, en contradicción con el Mare
Nostrum, el Mediterráneo de fenicios, griegos y romanos, "plaza
mayor" y “encrucijada viejísima” del Viejo Mundo (F. Braudel, 1987, 10).
Según algunos geógrafos griegos, como Eratóstenes, Estrabón
y Tolomeo, la Tierra, centro del Universo y de forma plana, terminaba en un
tremendo precipicio: el terrorífico "pulmón marino" descrito en el I
siglo antes de Cristo por Estrabón en los confines boreales del mundo entonces
accesible y límite del ecúmene. Y, en el siglo XIV, en los umbrales del
primer viaje a través del Atlántico, "se tenía por verdad sólida que al
sur del cabo Bojador, caput fines Africae, situado en la costa africana
no lejos de las Canarias, se extendía el temible Mar Tenebroso, en el
cual las aguas hirvientes del trópico (al chocar) con las frías procedentes del
polo, producían una espesa niebla de vapores que mezclada con las arenas del
desierto acarreadas por los vientos formaba una masa impenetrable" (J. Rey
Pastor, 1945, 48).
Y, sin embargo, la Península Ibérica tenía - y tiene - una
situación particular respecto al Atlántico. Se halla en uno de los circuitos
de navegación natural que establecen sobre el Océano las corrientes marinas y
la circulación atmosférica, el que recorre y cruza el Atlántico Norte en el
sentido de las agujas del reloj desde las latitudes bajas, ecuatoriales, a las
medias, entre los paralelos 40 y 50º de Latitud Norte (A. Cabo Alonso, 1990,
12-15).
Este circuito (Fig.2) se inicia con la corriente marina
ecuatorial que, en el borde del hemisferio septentrional, parte de las
africanas islas de Cabo Verde y atraviesa el océano impulsada por los alisios,
vientos de dirección NE.-SO. , hasta el Este de América del Sur, a la altura
del brasileño cabo de San Roque, donde recibe una parte de la corriente
ecuatorial del hemisferio Sur, bifurcada tras su choque con el Nordeste brasileño.
Penetra después en el mar de las Antillas y en el golfo de México saliendo por
el estrecho de la Florida con mucho mayor volumen y una considerable velocidad.
Se convierte así en la corriente del Golfo (Gulf Stream),
un auténtico río por caudal y velocidad en las aguas del Atlántico
septentrional atravesándolo, de Oeste a Este, hasta las costas occidentales del
mediodía europeo. Desde aquí se bifurca y, mientras un ramal baña las costas de
Europa occidental hasta casi el círculo polar ártico, el otro recorre en
dirección sur el litoral portugués y llega hasta las Canarias con el nombre de
este archipiélago y unas condiciones distintas de temperatura y calidad,
continuando hasta cerrar el circuito cerca del Ecuador.
Este complejo de vientos y corrientes oceánicos del
Atlántico Norte ha sido utilizado en muchos momentos por el hombre y aún lo
sigue siendo. Y ha sido fundamental en los períodos de dominio pleno de la
navegación a vela, entre los siglos XV y XIX. En efecto, la corriente del
Golfo, en unión de los denominados westerlies (vientos del oeste),
facilitaba - y facilita - el viaje desde América hasta las islas Británicas o
hasta la Península Ibérica. Por su parte, los flujos de Canarias y
norecuatorial, en colaboración con los vientos alisios, favorecían la llegada
desde Iberia a América Central.
Aunque era
esencial su buen conocimiento, en el que eran maestros los pilotos españoles y
portugueses de finales del siglo XV, a fin de permitir la menor duración y el
mejor desarrollo de la travesía del Atlántico.
La
revolución marinera
Las ventajas del circuito estuvieron durante largo tiempo
sometidas a las posibilidades técnicas de la sociedad de cada momento.
Posibilidades casi negativas hasta las postrimerías de la Edad Media, momento
en que aún estaba vigente una navegación casi exclusivamente litoral,
dependiente de la energía humana, de los remeros esclavos o cautivos de guerra,
una navegación poco conocedora de las posibilidades del viento y mal provista
de medios adecuados para la orientación en alta mar. En fin, una navegación que
apenas permitía salir de los familiares horizontes del Mediterráneo y penetrar
en el “incógnito y tenebroso" Atlántico.
Sin duda, fueron precedentes indispensables en esta
revolución marinera los viajes, primero continentales, hasta el Lejano Oriente,
a los legendarios Catay (China) y Cipango (Japón), durante los
siglos XII y XIII, y después marítimos, por el Indico, de los navegantes
árabes, que utilizaron en sus travesías las ventajas de los "monzones".
Mediante ellos llegaron a Europa, a menudo a través de España, importantes
avances e instrumentos náuticos y cartográficos. Como la brújula y el
astrolabio entre los primeros, y los portulanos, primitivas cartas marinas que
dibujaron con detalle y primor el Mar interior, y alcanzaron su plenitud en el
siglo XV con la Escuela cartográfica mallorquina. Todos ellos contribuyeron
poderosamente al cambio, al proporcionar un elemento tan indispensable como las
"cartas de marear" (AA.VV., Boletín Real Sociedad Geográfica,
1992).
Sólo en los decenios finales del siglo XIV, y en especial a
lo largo de la siguiente centuria, tuvieron lugar los avances técnicos
necesarios para permitir una navegación oceánica. El cambio, sin duda
revolucionario, se centró en el Mediterráneo occidental y, más aún, en el
espacio oceánico antesala de Gibraltar con centro en el golfo de Cádiz y
limitado al oeste por los archipiélagos atlánticos de Azores, Madeira y
Canarias. Nació así un nuevo "arte de navegar" al que se aplicaron de
forma conjunta todos los conocimientos científicos de la época.
En consecuencia, en torno a 1480, se inicia la
"navegación de altura", nacida precisamente en el llamado después
"arco de los descubrimientos", el golfo gaditano, en el Atlántico
inmediato a la Península Ibérica. Su primer fruto fueron los periplos
hispanoportugueses por las costas africanas y europeas que les obligaban a
"engolfarse" o internarse en el Océano para evitar los vientos y las
corrientes contrarias. Se imponía para ello el uso de instrumentos nuevos que
permitiesen a los barcos fijar con exactitud su posición y su velocidad, e
incorporar a la brújula y el astrolabio otros instrumentos más finos como el
"cuadrante", básico para establecer la latitud, los "almanaques
de tiempo", que facilitaban el conocimiento de la longitud, y el
"nocturlabio" y la "ampolleta", para la medición del tiempo
de navegación.
Mas, para atravesar el Océano se precisaba un nuevo tipo de
barco, de más larga singladura y capaz de adaptarse a los cambios de dirección
del viento, es decir de navegar "a la bolina". Fundamental en este
campo fue la "carabela", importada por los portugueses de Oriente y
antecedente del "galeón" hispano, y muy distinta en su concepción a
la "galera" propia del Mediterráneo y, con sus remos, continuadora de
las "trirremes" romanas. La carabela era un navío de dos o tres
palos, sin castillo de popa, y cuyas velas triangulares y la disposición del
aparejo ofrecían una gran aptitud para aprovechar y capear los vientos atlánticos
cuando se "engolfaban" en alta mar (J. Rey Pastor, 1945, y M. Cuesta
Domingo, 1992).
Es claro que los nuevos instrumentos exigían una nueva
clase de marineros, no sólo más diestros sino sobre todo más audaces y carentes
de supersticiones y temores seculares. Así fueron los navegantes tanto
españoles como portugueses del arco de los descubrimientos, del golfo
gaditano. Y que tuvo su plena institucionalización en la creación en 1503 de
la Casa de Contratación de Sevilla, con su Escuela de Náutica y su Oficina
Cartográfica, fundamental en el posterior desarrollo de la ciencia y no sólo de
la navegación.
Esta fue la base de la navegación de altura atlántica y de
la época de los descubrimientos, el comienzo de una revolución profunda en la
historia de la Humanidad (Fig.3). Los viajes de Colón y de Vasco de Gama, la
primera vuelta al mundo de Magallanes y Elcano, las conquistas de México por
Hernán Cortés, de Perú por Pizarro, y de Brasil por Álvarez Cabral, la
constitución de las Indias Occidentales y del Imperio hispano, en el que
"no se ponía el sol", fueron su fruto más inmediato. Y, en definitiva,
del comienzo del Mundo Moderno, de la “globalización” de la Humanidad, hoy en
su plenitud.
IBERIA Y LAS INDIAS OCCIDENTALES
El protagonismo español – y portugués, en menor medida - en
esta espectacular revolución espacial y social es evidente e, incluso, casi
lógico. "Al comenzar la Edad Moderna, cualquier pueblo europeo habría
tenido que improvisar una política de expansión y de colonización si hubiese
descubierto América; cualquiera menos el español, rico de experiencia en empresas
conquistadoras y colonizadoras" (Cl. Sánchez Albornoz, 1977, 256).
Todo ello permitió lo que se ha llamado "el periodo
español de la geografía" (A. Melón, 1943), los siglos XV y XVI, en el que
los descubrimientos de nuevas tierras - hoy se diría el “encuentro” con otro
mundo - ampliaron el espacio terrestre conocido gracias en gran medida al
protagonismo de los marineros españoles y portugueses.
Un protagonismo acompañado por un cierto antagonismo que
condujo a una de las primeras particiones de la Tierra confirmadas por un poder
supranacional - el Papado, el único en todo caso con capacidad moral y legal
suficientes en aquel momento - de los territorios a ocupar y usufructuar por
unos estados concretos, en este caso, las Coronas de Castilla y Portugal. Y que
facilitaron, justificándola moral y políticamente, la colonización uniformadora
y globalizante de un espacio muy distinto
física y humanamente de los que, antes, en el Mundo Antiguo, habían sido
sometidos a una experiencia con preocupaciones de unidad política y cultural
que estarían presentes en el continente enseguida denominado un tanto
extrañamente América.
La rivalidad en el Nuevo Mundo y en las islas de las
Especias entre los dos Reinos peninsulares condujo, a petición de los Reyes
Católicos, al arbitraje de la Santa Sede. El Papa Alejandro VI, en la Bula Inter
Coetera de 4 de mayo de 1493, señaló una "línea de demarcación"
que, de polo a polo, pasaba cien leguas al oeste de las islas Azores y Cabo
Verde y reservaba a España las "tierras de infieles" existentes a
poniente de ese meridiano. La imprecisión era tal que ninguna de las partes la
aceptó, provocando nuevas tensiones y negociaciones directas hasta llegar a una
avenencia en el Tratado de Tordesillas de 7 de junio de 1494 (R. Ezquerra
Abadía, 1993).
Este Tratado desvió la lincea de demarcación pontificia
trescientas setenta leguas al oeste de Cabo Verde, lo que implicaba ciertas
ventajas para Portugal. Pero introducía la reserva de que todas las islas y
tierra firme descubiertas por las naves de Castilla hasta el 20 de junio del
mismo año de 1494 más allá de las doscientas cincuenta leguas quedasen para
España. La nueva demarcación fue la base legal del nacimiento de Brasil como
tierra portuguesa y estableció un principio de acuerdo en la definitiva
ordenación política de América del Sur llevada a cabo en la segunda mitad del
siglo XIX (M. M. Alburquerque, 1981).
No obstante, su carácter geométrico no tenía en cuenta las
condiciones del medio físico ni tampoco el elemento humano y creó ambigüedades
fronterizas origen de futuras confrontaciones que llegaron hasta muy avanzado
el siglo XIX. Sólo en 1870, tras la guerra que enfrentó a Paraguay con Brasil,
Argentina y Uruguay, se fijaron por fin los actuales límites de Brasil con los
estados sucesores de España en América del Sur. Aunque subsistieron ciertos
problemas entre otras partes de las Indias españolas, las todavía vivas entre
Perú y Ecuador por la Alta Amazonía y las no totalmente resueltas entre
Argentina y Chile a cuenta de la Tierra de Fuego.
La empresa de América no hizo sino prolongar la trayectoria
multisecular del medioevo español, aunque también consumió muchos de los
recursos, sobre todo humanos, de la vieja Iberia, favoreció su decadencia
económica y limitó su capacidad de reacción en el futuro. Acaso, por la epopeya
española en América, la España moderna está aún por hacer y, en todo caso, se
retrasó mucho en el tiempo.
IBERIA Y
AMERICA: UNA PRESENCIA GLOBALIZADORA
"A una nación le cupo en realidad la gloria de
descubrir y explorar la América, de cambiar las nociones geográficas del mundo
y de acaparar los conocimientos y los negocios por espacio de siglo y medio. Y
esa nación fue España" (Ch. F. Lummis, 1916, 16).
Esta
realidad española a la que con tan generoso entusiasmo se refirió hace más de
ocho décadas el hispanista norteamericano fue el origen de otra realidad, la
actual América, mucho más heterogénea y, sobre todo, mucho más polémica. Una
América que, ante todo, forma parte de una realidad superior, a la vez más
uniforme y más diversa, la misma Tierra. "No nos demoremos en sustituir
una visión bilateral que no se corresponde con la realidad por otra visión más
global de un mundo profundamente internacionalizado en el que nada de lo que
pasa en un punto cualquiera puede ser comprendido si no se conoce el conjunto
del sistema" (A. Touraine, El País, 1991).
El
injerto iberoamericano
En los poco más de cien años transcurridos desde la llegada
en 1492 de las naves españolas comandadas por Cristóbal Colón a la isla de
Guanahaní (San Salvador/Samaná) hasta la fundación en 1609 de la ciudad de
Santa Fe (Nuevo México, USA) por Juan de Oñate y Pedro de Peralta, unos
españoles ya nacidos en la Nueva España (Zacatecas), el Rey de España extendía
su soberanía sobre más de diez millones de kilómetros cuadrados del continente
americano. Entre tanto, "Inglaterra había permanecido durante todo el
siglo en una magistral inacción, y entre el cabo de Hornos y el polo Norte no
había ni una mala casuca inglesa, ni un sólo hijo de Inglaterra" (Lummis,
1916, 75).
La presencia española en el Nuevo Mundo fue, además, muy
diferente a la desarrollada después por otros estados europeos (J. Marías, 1985
y 1992) En América, los países explorados y colonizados por España y Portugal
no se llamaron colonias, ni lo fueron tampoco en el sentido que la palabra
adquirió después. Fueron, como mínimo "provincias" españolas, o
"reinos", mejor virreinatos, gobernados por personajes designados por
el mismo Rey de España. El mismo Alejandro de Humboldt (1811) se refiere aún a
comienzos del siglo XIX al actual México como "el Reino de la Nueva
España".
Y, a menudo, se hablaba de las Españas al referirse a las también
denominadas Indias. Los Reyes españoles se titulaban Hispaniarum et
Indiarum Rex. Por ello, en principio y al menos teóricamente, todos los
habitantes de los territorios hispanos en América, tanto los aborígenes como
los de origen peninsular, eran súbditos directos de la Corona, del Rey, y por
tanto gozaban de los mismos derechos.
De aquí, el interés adoptado muy pronto por los monarcas
españoles en regularizar y legalizar la situación de sus súbditos americanos,
mediante unas muy tempranas Leyes de Indias, escritas y promulgadas
pensando en los nuevos territorios descubiertos y por descubrir. Se comienza
con las "Leyes de Burgos" (1512) y siguen las "Leyes
Nuevas" de 1542 que culminaron en las de 1576 recogidas también en la
"Recopilación" de 1680.
Todo porque la colonización española fue, como señala
Julián Marías (1985), un "injerto" en el que tan sustanciales son la
planta soporte, en este caso los aborígenes americanos, como la implantada, la
sociedad española. Algo muy distinto del "trasplante" llevado a cabo
por los anglosajones en los Estados Unidos de América y en otras partes de la
Tierra.
En el primer caso, nace otra sociedad, surge una realidad
nueva, fruto de la mixtura, del mestizaje, del injerto. En el otro, unas
sociedades concretas cambian de asentamiento, sin variar en lo fundamental sus
rasgos propios, sin apenas pretender una relación con el colectivo humano
anterior, a veces destruido total o parcialmente.
El fruto ha sido una comunidad de 300 millones de personas conformados
por la misma cultura, 300 millones de hablantes en español y casi otros tantos
educados en el catolicismo, la lengua y la creencia llevadas al Nuevo Mundo por
los conquistadores. Y que utilizan normalmente tanto los primeros habitantes
aborígenes como los inmediatos pobladores peninsulares, pero también otros
grupos de inmigrantes, los negros trasplantados como esclavos hasta el siglo
XVIII y los diversos grupos de europeos - italianos, alemanes, judíos, aparte
muchos españoles - llegados en el siglo XIX y comienzos del XX. Una comunidad
de habla hispana, que ha sido capaz, además, de crear una literatura, una
música y un folclore plenos de cálida personalidad y con una extraordinaria
capacidad de difusión universal.
La unidad cultural de la América española es considerable.
Y tiene como razón de ser la preocupación que por la formación intelectual
tuvo la Corona. Preocupación visible en la pronta fundación de Universidades,
las primeras del continente, y en su rápida difusión. Aparte el Estudio General
de Santo Domingo, contemporáneo de esta ciudad, la primera nacida en América,
las Universidades de San Marcos de Lima y de México se fundaron respectivamente
en 1551 y 1553, siendo dotadas por Carlos V de todos los privilegios de la
Universidad de Salamanca y, sobre todo, de las bases con que Cisneros
constituyó la de Alcalá de Henares en 1499(M. A. Castillo Oreja, 1982.
A ellas se añadieron otras muchas: en 1552 en Sucre, en
1580 en Bogotá y en 1586 en Quito, además de otras trece en la centuria
siguiente, en Santiago de Chile (1619 y 1621), Bogotá (1621 y 1694), Córdoba
(1621), Quito (1621 y 1681), Cuzco (1621 y 1692), Charcas (1621), Guatemala
(1676) y Ayacucho (1680)y Cuzco. Y las fundaciones continuaron hasta el inicio
de la independencia, con un total de diez a lo largo del siglo XVIII, y dos a
comienzos del XIX, en Mérida de Venezuela (1806) y en León (1812). En general
estas fundaciones fueron obra de diferentes órdenes religiosas, jesuitas (12),
dominicos (10) y agustinos (2) (Rodríguez Cruz, 1979).
A su lado, la imprenta fue una realidad muy temprana; los
primeros libros impresos lo fueron en México, ciudad en la que el Arzobispo
Juan de Zumárraga estableció en 1538 la primera imprenta americana. A ella
siguieron otras muchas, en Lima (1583), en Puebla y Guatemala (1640), en
Misiones (1700), en La Habana (1707), Bogotá (1738), Buenos Aires y Santiago de
Chile (1780), Caracas y San Juan de Puerto Rico (1808), etc. (G. Céspedes del
Castillo, 1976) (Fig. 4).
Pero no hay que olvidar los precedentes y aportaciones
indígenas, que los religiosos españoles conocieron y conservaron desde muy
temprano aunque sólo fuese para facilitar la conversión de los indios. En 1539,
se publicó una "Doctrina Cristiana" bilingüe, en castellano y
mexicano; en 1541, Fray Toribio de Benavente, “Motolinía”, concluyó la
"Historia de los Indios de la Nueva España", en 1547, Fray Andrés de
Olmos escribió una "Gramática de la lengua náhuatl", y, en 1564-1565,
Fray Bernardino de Sahagún, redactó en náhuatl su "Historia General de las
Cosas de la Nueva España". Aparte otras muchas obras de ámbito y carácter
más general: la "Geografía y Descripción Universal de las Indias" de
Juan López de Velasco (1571-1574) y la "Historia Natural y Moral de Indias"
del Padre José de Acosta (1590) (M. Hernández Sánchez-Barba, 1981 y 1992).
Y, aunque es indudable
que los mismos colonizadores destruyeron en gran medida las sociedades y
culturas anteriores a Colón, también lo es que el mestizaje racial y cultural
se hizo patente enseguida, como prueba la obra literaria del Inca Gracilazo,
enterrado en la hispana Córdoba, o la
misma vida de San Martín de Porres, ya en pleno siglo XVI, en Lima. Y con una
precisa y, a menudo, dominante influencia aborigen, de la que es un claro
ejemplo el espléndido y original barroco americano, visible tanto en México y
Perú como en Brasil. La extraordinaria obra del "Miguel Angel"
brasileño, Antonio Francisco Lisboa, el "Aleijadinho", es su mejor
prueba (L. Gomes Machado,1973).
Una
comunidad, la iberoamericana, que se ha formado gracias a un complejo de
instrumentos legales y materiales llevados desde España y Portugal pero
perfectamente adaptados a las exigencias del mundo descubierto. Así, los
actuales estados iberoamericanos, en un total de 20, incluido Brasil, se
adaptan con casi absoluta exactitud a la organización administrativa y
territorial establecida por España y Portugal durante su dominio. Sus mismos
actuales problemas fronterizos, a menudo causa de graves incidentes, son
debidos a la indeterminación existente en la época colonial y que no siempre
ha sido posible resolver satisfactoriamente. Es el caso de los conflictos aún
vivos entre Chile y Argentina en la Tierra de Fuego, o entre Perú y Ecuador en
el Alto Amazonas (M. Hernández Sánchez-Barba, 1981, III).
Y una comunidad que, en general, funcionó a partir de una
red de ciudades de origen también hispánico(Fig.5). No sólo porque, en su mayor
parte, fueron fundadas y ordenadas por los conquistadores, sino porque nacieron
de acuerdo con un modelo llevado desde Europa y perfectamente establecido
legalmente desde los primeros momentos de la llegada de los españoles, a través
de las primeras Leyes de Indias y se mantiene viva en la "Recopilación de
las Leyes de los Reinos de Indias" de 1680 (F. Terán, 1989 y J. Aguilera
Rojas, 1994).
La vocación urbanizadora de España en América persistió
mientras permaneció en ese continente, aunque es difícil poder hacer una reseña
completa de todas sus creaciones. Al menos, desde la primera fundación, la de
Santo Domingo en 1494, hasta la refundación de Buenos Aires en 1580, fueron
unas 260 las localidades de origen español distribuidas por todo el espacio
americano y unas 32.000 sus casas de vecinos. Entre ellas se encuentran las
capitales de casi todas las actuales naciones hispanoamericanas, desde La
Habana (1515) hasta Quito (1534), Lima (1535), Santa Fe de Bogotá (1538),
Santiago de Chile (1541), Caracas (1562) y Montevideo (1726) (F. Terán, 1989).
Y no faltaron las urbes nacidas después, durante los siglos XVII y XVIII, en
torno a un centenar como mínimo. Por ejemplo, la colombiana Barranquilla
(1629), la peruana El Callao (1671), la argentina Rosario (1730) y la
californiana Los Angeles (1781).
La presencia española en América no deja de ofrecer
numerosas sombras, algunas bastante graves. La llamada, según Julián Juderías
(1943), "leyenda negra" da buena cuenta de ellas, y en ocasiones con
notoria exageración. Aparte la desaparición de las sociedades y culturas
previas y la pérdida de identidad de los aborígenes a la que tantas veces se
han referido los contrarios al V Centenario celebrado en 1992, el
"dramático descenso de la población indígena" (A. Domínguez Ortiz,
2000, 188) - unos 12 millones a comienzos del siglo XVI reducidos a algo más de
9 a mediados de esa centuria y que alcanzó su momento más bajo a comienzos del
seiscientos - sería el hecho más negativo.
Esta reducción, fruto del "choque entre un cuerpo
grande, pero inerte, y otro mucho más pequeño, pero muy denso y animado de una
energía cinética tremenda" (A. Domínguez Ortiz, 2000, 190) sólo fue
compensada a largo plazo por la inmigración española, cerca de 400.000
personas, sobre todo varones, hasta finales del siglo XVIII. Una inmigración
joven, audaz y emprendedora, origen de un extraordinario crecimiento vegetativo
que permitió una pronta recuperación demográfica, más de 10 millones de almas a
finales del seiscientos y unos 15 millones a comienzos del ochocientos según
Alejandro de Humboldt. Una población en la que, en ese momento, los amerindios
constituían el 46 por 100, los de origen europeo, especialmente ibéricos,
sumaban el 20 por 100, los mestizos, el 28 por 100, y los negros africanos,
sólo el 6 por 100 (M. Hernández Sánchez-Barba, 1981, II).
El mestizaje, la mezcla racial, aunque general en toda la
América ibérica, es aun, en la actualidad, muy variable según los casos
Tabla 1.
DIFERENCIAS ETNORACIALES EN IBEROAMÉRICA
(Tantos por 100 en 1991)
Amerindios Criollos Mestizos Negros Mulatos Otros
|
Argentina |
0.1 |
98.0 |
- |
- |
- |
- |
|
Bolivia |
45.0 |
15.0 |
31.0 |
- |
- |
9.0 |
|
Brasil |
0.4 |
53.0 |
12.0 |
11.0 |
22.0 |
1.6 |
|
Colombia |
1.0 |
20.0 |
58.0 |
4.0 |
14.0 |
3.0 |
|
Costa Rica |
- |
86.8 |
7.0 |
- |
- |
6.2 |
|
Cuba |
- |
66.0 |
- |
12.0 |
21.9 |
0.1 |
|
Ecuador |
51.5 |
8.0 |
40.0 |
- |
- |
0.5 |
|
México |
30.0 |
15.0 |
55.0 |
- |
- |
- |
|
Nicaragua |
5.0 |
14.0 |
71.0 |
8.0 |
2.0 |
- |
|
Perú |
54.0 |
12.0 |
32.0 |
- |
- |
1.0 |
|
R.Dominicana. |
- |
15.0 |
- |
10.0 |
75.0 |
- |
|
Uruguay |
- |
90.2 |
3.0 |
3.0 |
1.2 |
5.6 |
Fuente.- E. García Zarza,
1992.
En Perú,
uno de los países de más vieja ocupación, mientras los amerindios constituyen
el 54 por 100 de la población y sus mestizos el 32 por 100, los criollos de
origen español apenas llegan el 12 por 100 y son menos numerosos los negros y
los japoneses. Algo distinta es la situación en Colombia - criollos, 20%,
amerindios, 2%, mestizos, 58%, negros, 4%, mulatos, 14% - y en México,
criollos, 15%, amerindios, 30% y mestizos, 55%. Brasil, por su parte, cuenta
apenas con un con escasa población amerindia (0.4%), un 53 por 100 de blancos
de origen europeo, de extracción reciente, especialmente portugueses,
españoles, italianos y germanos, un 34 por 100 de mestizos y, con su muy
importante población negra en el pasado, hoy limitada a un 11 por 100, alcanza
un alto porcentaje de mulatos (22%).
Finalmente, Argentina, como Chile y Uruguay, su población está formada casi
exclusivamente por una población blanca procedente del sur de Europa – más del
90 por 100 -, españoles e italianos en su mayoría, además de algunas minorías
de judíos, levantinos (sirios, libaneses, armenios) y centroeuropeos, alemanes
en su mayoría, llegados sobre todo después de 1800, oscilando los aborígenes
entre el uno y el siete por ciento (E. García Zarza, 1992, 19).
Una pérdida de población ya denunciada desde el primer
momento por los mismos españoles - Fray Bartolomé de las Casas en 1514 -,
intentándose enseguida remediarla en 1542, y no con mucho éxito, por la misma
monarquía española con las Leyes de Indias. "Indeleble honor cabe a España
por haber producido ella misma los más severos y rigurosos críticos de sus
hazañas imperiales" (R. L. Rivera Pagán, 1990, 2). Sin olvidar que algunos
de los momentos relativamente más sangrientos tuvieron lugar, en concreto en
Argentina y Chile, tras su independencia, en la segunda mitad del siglo XIX,
con la práctica desaparición de patagones y araucanos (M. Hernández Sánchez
Barba, 1981, III, y S. Collier y W. Sater, 1999).
En todo caso también es evidente que esta catástrofe
demográfica no ha acabado con los aborígenes americanos en el conjunto de la
América hispánica como sí lo ha hecho en otras partes del continente americano.
Además, la presencia ibérica ha sido el origen de una nueva sociedad y una cultura
en la que, como ha señalado Jorge Amado para Brasil, opinión que se puede
extender al resto de Iberoamérica, "el mestizaje, la mezcla de sangres y
razas, la fusión que aquí se dio a las razas negra, blanca e indígena para
formar la nación brasileña, el sincretismo de las culturas venidas de Europa y
de Africa con la cultura indígena nativa, es nuestra contribución para el
humanismo" (AA.VV. El País, 1991).
Una nueva sociedad y una nueva cultura pletóricas de fuerza
y personalidad que son el principal lazo de unión de los veinte estados que
componen Iberoamérica. En contrapartida, resulta dramática la ausencia de un
reconocimiento, seguida de una acción, que sea común para esos veinte países en
los campos de la economía y de la política. "No hemos sido capaces de
trasladar la riqueza y continuidad culturales a una riqueza económica y a una
continuidad política similares" (AA.AA., Carlos Fuentes, El País, 1991).
Una
ausencia que, con la ayuda, sin duda fundamental, del efecto discriminador del
más reciente neoliberalismo globalizador, ha hecho de Iberoamérica, pese a los
profundos cambios habidos últimamente, uno de los bastiones más
representativos- ¿otra prueba de “globalización”? - aunque sin llegar a la
situación de Africa, del Tercer Mundo, del subdesarrollo, de la miseria, de la
desigualdad social. El ejemplo del Brasil puede ser paradigmático (M. Santos y
Mª Laura Silveira, 2001).
LA CRISIS
DEL IMPERIO ESPAÑOL
A comienzos del siglo XIX se produce la independencia de la
América española y se desintegra lo que había sido durante trescientos años uno
de los mayores conjuntos estatales de la historia de la Humanidad. Un
territorio con una unidad política y cultural de siglos se divide y atomiza,
perdiendo a la vez sus gentes el respeto por sí mismos como unidad. Se inicia
entonces un proceso de enfrentamientos regionales y luchas intestinas, que en
cierta forma favorecen un relativo y general retroceso social y económico,
principio quizás de su actual situación de dependencia económica y subdesarrollo
social.
Entre 1810 y 1825 el Imperio colonial español se
independiza y se disgrega. Desde los Estados Unidos a la Tierra de Fuego nacen
un total de quince nuevas naciones, a las que se unirá enseguida el portugués
Brasil. Se mantienen todavía españolas
las islas de Cuba y Puerto Rico, en el Caribe, y el conjunto de archipiélagos
existentes en el Pacífico – Filipinas, Marianas, Palaos, Marshall – perdidos
a finales de la misma centuria (1898),y
en su mayor parte, salvo Cuba,
incorporados a los Estados Unidos.
Tras la
Emancipación, afirma un historiador mexicano, "los pueblos
hispanoamericanos se entregaron a una furiosa autodenigración. Desconocieron
su experiencia secular, muy valiosa, pues durante el régimen colonial habían
tenido una actividad autónoma suficiente para capacitarlos, y, desdeñando la
riqueza institucional de que eran herederos, se dedicaron a la imitación de la
obra norteamericana" (C. Pereyra, 1941, 573). Opinión corroborada por
otros muchos especialistas, como Salvador de Madariaga (1964) y Julián Marías
(1985).
Aparte la
confirmación añadida de una cierta reticencia y un relativo rechazo, muy
diferentes según las regiones, a la que había sido su secular metrópoli. El
“desastre” del 98, con la pérdida final de las últimas tierras hispánicas en
Ultramar, consagró la desunión y el rechazo (P. Laín Entralgo y C. Seco
Serrano, 1998). Incluso, el regreso a España de una parte de los españoles allí
establecidos favoreció un cierto distanciamiento tanto institucional como
popular. Aunque, en ocasiones, y como contrapartida, permitió un relativo
impulso socioeconómico en la antigua metrópoli.
Sin embargo, nunca llegaron a romperse los viejos lazos,
sobre todo los culturales. La afirmación y, aún más, la difusión y
generalización del español en todo el continente a lo largo de la pasada
centuria es una buena prueba. Y es contundente el ejemplo de Puerto Rico, isla
en que la dominación yanqui durante más de cien años sólo ha conseguido, en el
mejor de los casos, un minoritario bilingüismo y no ha impedido el uso
mayoritario del castellano (A. Palau, 1992 y J. Bosque Maurel, 2000).
Parece subsistir así una poderosa relación que, sin
embargo, exige cambios decisivos y profundos en los contactos de España con
América y que debe vencer ciertos recelos y aspectos negativos derivados del
ingreso español en la Unión Europea Ibero América. Cada vez más España debe ser
el pórtico y el portavoz que facilite y provoque una mejor relación y una mayor
intimidad de la América no anglosajona con Europa, con toda Europa (AA.VV.,
ALDEEU, 1991).
"Nosotros ... (los americanos)..., no podemos entrar
solos al siglo XXI, sin la comunidad ibérica que, durante quinientos años, ha
compartido nuestras servidumbres y nuestras grandezas, nuestra vida pública
pero también nuestra intimidad. Hemos sido lo que somos con España y Portugal.
Seremos lo que queremos ser, también, con ellas. ... Los próximos quinientos
años empiezan hoy" ( AA.VV.,Carlos Fuentes, El País, 1991).
ANTE UNA NUEVA GLOBALIZACIÓN
Ha
surgido, en consecuencia, una esperanza que no puede olvidar, todo lo
contrario, los cambios que desde la Revolución Industrial iniciada en el siglo
XVIII y el nacimiento de un nuevo capitalismo, a veces salvaje y perverso, ha
provocado diferentes y novedosas divisiones espaciales de las actividades
económicas y nuevas formas de relación con el medio ambiente natural y humano.
Y que, sobre todo, el nacimiento y el desarrollo a lo largo de la última
centuria del llamado por Milton Santos (1994) “medio técnico-científico
informacional”, al favorecer la extensión a toda la Tierra de los conocimientos
científicos y socioeconómicos elaborados a lo largo de los tiempos por el
Hombre ha conducido a una “globalización” quizás inevitable a medio plazo, y
tremendamente uniformadora, esencialmente anglosajona y norteamericana en sus
formas y en su fondo (J. Bosque Maurel, 1998).
Así, se ha
dado lugar, dentro de una “globalización” en principio positiva y solidaria, o,
al menos, inocua, a determinadas “perversiones”, derivadas del excesivo y
dominante peso de lo económico y de sus principales beneficiarios, las grandes
empresas “transnacionales”, y que han
favorecido la tradicional “desigualdad” social y espacial, han intensificado la
distancia entre “ricos” y “pobres” y han provocado tensiones y rebeldías, a
menudo violentas, opuestas a la actual situación política y socioeconómica
globalizadora. Y bien visibles en lo sucedido con motivo de algunas reuniones
oficiales de diferentes organismos internacionales habidas en los últimos años
en Seatle (1998), Praga (2000) y Génova (julio 2001).
De aquí el nacimiento de un extenso y
creciente movimiento crítico que está planteándose el “desafío ético de la
globalización” (Z.Bauman, 1999 y 2001), la aparición de “un mundo desbocado” por
los efectos de la “globalización en nuestras vidas” (A. Giddens, 1999) y el
surgimiento “doloroso” de un “proceso (globalizador) contradictorio e incierto”
(G. Benko, 1999). Y, en consecuencia, la necesidad urgente de “otra
globalización”, ajena a la “violencia estructural” y a la “perversidad
sistémica” dominantes, a través de la “construcción de otro (nuevo) mundo
mediante una globalización más humana” en el que se contenga y relativice la
creciente “desigualdad” social y espacial de la Humanidad y se facilite una
“solidaridad universal” en la que los pueblos y los colectivos “más pobres”
tengan las mismas posibilidades de futuro que los “más ricos” (Milton Santos,
2000).Un mundo en el que el espacio iberoamericano, y sus gentes, puede tener
un protagonismo afín con un pasado repleto de incertidumbres pero también de
capacidad creadora y con un presente económico y una riqueza cultural en
proceso no sólo de crecimiento sino, sobre todo, pleno de ofertas novedosas y
posibilidades creativas.
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Resumen.- La
situación geográfica de la península Ibérica, en una encrucijada de caminos
mundial, en el contacto entre Europa y
Africa, punto de encuentro del Mediterráneo y el Atlántico, ha favorecido un
cruce de caracteres físicos sino, más aún, una compleja evolución histórica.
Sobre todo, resalta la temprana y larga presencia de España en el
descubrimiento y y penetración del Atlántico y del Nuevo Mundo, cuyas huellas
tanto positivas como negativas han llegado hasta hoy y provocado una etapa
anterior y diferente a la actual globalización/mundalización de la Tierra.
Palabras clave.- Globalización. Situación geográfica.
Encrucijada de caminos. Península Ibérica. Atlántico. Iberoamérica.
Summary.- The geographical location of the Iberian
Peninsula as a world crossroad, as a meeting point for Europe and Africa, for
the Mediterranean sea and the Atlantic ocean, has implied a crossroad for
physical features as web a complex historical evolution. It must be pointed out
the early and century-long Spanish labor in the discovery and breakthrough of
the Atlantic ocean and New World. Spanish positive or negative traces come up
to nowadays. It is also a early and different version of globalization of
world.
Key words.- Globalization. Geographical situation.
Crossroad. Iberian Peninsula. Atlantic ocean. America.
La situation géographique de la
Péninsule Ibérique, dans une carrefour mondial de chemins, en contact entre
l’Europe et l’Afrique, point de rencontre de la Méditerranée avec l’Atlantique,
a favorisé non seulement un mélange de caractères physiques mais, surtout, une
complexe évolution historique. Il faut remarquer la précoce et durable présence
de l’Espagne dans l’introduction et la découverte de l’Atlantique et du Nouveau
Monde, dont les traces, positives et négatives, sont arrivées jusqu’au moment
actuel, et a provoqué une étape précoce et diffèrent de la actuelle
mondialisation /globalisation.
Mots clé.- Mondialisation / globalisation. Situation
géographique. Carrefour de chemins. Péninsule Ibérique. Atlantique. Amérique.
INDICE DE FIGURAS
Fig. 1. La encrucijada ibérica
(según J. Vicens Vives).
Fig. 2. El circuito atlántico
de vientos y corientes marinas (según A.N. Strahler).
Fig. 3. Los descubrimientos
geográficos en los siglos XV y XVI (según J. Vicens Vives).
Fig. 4. La imprenta en América (
Fig. 5. Las ciudades coloniales hispanas hasta 1550 (según F. Terán).